No lo hagas. No le busques sentido a esto. Está claro que tú eres la Reina Blanca.
A tus flancos, ambas torres te protegen. En tus diagonales delanteras se encuentran ensillados tus dos mejores caballos, y en las traseras, dos alfiles, pica en mano cubren tu retaguardia. Delante y detrás de ti se encuentran dos de tus leales peones, menospreciados siempre, dispuestos a morir por defenderte.
El resto de tu ejército descansa ya en paz a un lado del tablero. El enemigo no se da cuenta de que me da igual que mi muerte signifique el final de la partida.
Me da igual morir, me da igual el juego, mi preciosa Reina Blanca.
sábado, 28 de agosto de 2010
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Cada vez escribes mejor.
ResponderEliminarEspero que aparezca un nuevo escrito tuyo con ansias, y sólo me da rabia, al volver a leerlo una y otra vez, que no sea la primera.
¿Qué no sea la primera qué? ¿O quién?
ResponderEliminarLa primera vez que lo leo. Porque la segunda, ya no tiene ese toque de misterio, la maravillosa sensación de descubrir algo poco a poco, de no saber qué te espera.
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