domingo, 11 de abril de 2010

Trajino y me imagino una puesta de sol...

Ella soñaba con la libertad, la rozaba con los dedos, y cuando estaba a punto de alcanzarla, él le daba en la mano para que se volviese a alejar de ella. Así durante el mucho tiempo que me empeñé en atarla a mi, en contra de lo que en realidad me dictaba la razón a la siempre sigo ferreamente. Cada vez que parecía que lo estaba consiguiendo, volvía a aparecer con una sonrisa por su piso bien amueblado para desordenarlo todo otra vez a mi gusto, y que tuviese que volver a empezar a recoger y ordenar.

Pero se acabó. Basta ya de hacerla sufrir. Basta ya de hacerla llorar. Basta ya de darle falsas esperanzas. Basta ya de anegarla con lágrimas. Basta ya de dejarla con el agua al cuello. Basta ya de darle a beber mi sangre cuando se le estaba olvidando su sabor.

Lo único de lo que me arrepiento y que me quema por dentro como si mis entrañas estuviesen siendo consumidas por el fuego, es que pienses que no fui realmente yo, y que soy distinto a como me mostré a ti.

Nadaré eternamente en el fuego de tu odio.

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