martes, 21 de septiembre de 2010

Light inside your eyes.

Nunca me he parado detenidamente a reflexionar sobre cómo te veo realmente. Y esto es aplicable tanto a tu aspecto físico como a tu carácter y tú forma de ser. Creo que ya va siendo hora…

Lo primero que me llamó la atención de ti fue tu voz. “Yo soy Maliba ¿y tú? Todo esto mientras yo rellenaba el depósito de una pistola de agua y te contestaba sin siquiera levantar la mirada.

Lo siguiente fue tu mirada. Tu mirada, que no tus ojos… A tus ojos ya llegaremos. Lo mirabas todo con curiosidad, tratando de no parecer impertinente, pero sin apartar la mirada hasta que o bien descubrías lo que era o bien te devolvía la mirada.

Más adelante observé tu forma de andar y tus manos. Algo que aparentemente no tiene conexión, y que efectivamente, no la tiene.

Luego, en lo delgados que son tus brazos y la poca fuerza que tienes, pero al mismo tiempo lo persistente que puedes llegar a ser cuando te propones algo como hacerle cosquillas a alguien en la espalda.

Los ojos, tus ojos… Llegamos a la culminación de la mejor obra de arte que han hecho tus padres en una noche de inspiración… Verdes, con gotas ámbar de miel. Recuerdo un momento en Novales, que es el primero del que tengo conciencia de haberme parado a mirarlos de cerca, en el que si alguien no nos hubiese llamado a cenar, probablemente aún seguiría allí, parado, mirándolos, mirándote…

Quedó patente la bendita facilidad con la que te picas cuando te vacila. Gracias a Tesla y a unas cuantas bromas pude comprobar la suavidad de tu abrazo, el olor de tu pelo y el sabor de tus labios, que desgraciadamente se evaporó por la veloz intervención de dos palabras “no puedo”.

Lo que averigüé esa noche queda entre esas sábanas y nuestra piel. Solo le diré a cualquiera que lo lea que aún estoy dudando de si es más increíble con su vestido rojo o sin él.

Hasta ahora solo he hecho la parte “fácil”, es decir, la parte física. No puedo prometer objetividad, pero realmente lo estoy intentando, palabra de niño bueno.

Adelante mis valientes.

Lo primero que salta a la vista de su personalidad es que es extrovertida a más no poder. Le dan igual cuatro que cuarenta, como si les conociese de toda la vida.
Hay días en los que, como dice Andrés, se le desactiva el simplómetro y suelta chorradas hasta por los codos. En contraposición, hay días que nos ponemos a filosofar, y aunque nunca lo reconoceré, muchas veces tengo que estrujarme el cerebro al máximo para poder seguir sus razonamientos.

Es tan generosa como miope. No puede dar dos pasos si no lleva las gafas (que odia), o las lentillas. No le gustan los perros, pero conmigo hizo una excepción.
A veces pienso que es un poco bipolar, pero eso no hace nada más que darle un toque de complicación al rompecabezas que me propone.

En algunas ocasiones me resulta muy fácil saber qué es lo que piensa, pero en otras me siento más perdido que un pulpo en un garaje.

Es fuerte e impulsiva. Sabe sobreponerse a la estupidez de la gente que como dice Isma no oye el rumor de sus alas cuando pasa a su lado, y no ven que el camino es menos oscuro si vas de su mano.

Y cuando la he mirado a los ojos he llegado a pensar que aún le queda algo bueno a este jodido mundo, y con un poco de suerte, incluso a mí mismo.

1 comentario:

  1. Por segunda vez en relación a este texto, me he quedado sin palabras. Sólo puedo decir que, cuando escribimos, tendemos a exagerar, a magnificar aquello de lo que hablamos. Y, sin duda, tú lo has hecho conmigo...

    Lo que sí que no consigo borrar de mi cabeza, las palabras que no se esfuman son: te quiero.

    ResponderEliminar

Pequeños aportes