No puedo hablarte de libertad, ni de utopías al otro lado del arcoiris, ni siquiera de la paz de dentro de sus pupilas o de un paraíso después de su amarga muerte.
Pero puedo hablarte de la calidez de sus brazos, del agridulce sabor de sus besos, del hipnótico vaivén de sus caderas, del resonar de su risa, de la dureza de su ironía y de su intransigencia a las injunsticias.
Puedo hablarte de nuestras miradas, del nacimiento de un sentimiento recíproco, del comienzo de una vida juntos, de muchas excursiones por costas soleadas donde nos tostábamos al sol, del nacimiento de un primer hijo, y de una preciosa niña que vino después, de buenos y malos momentos, del adiós a nuestros hijos cuando se hacen mayores, de una sonrisa en su rostro ajado y marcado por las arrugas, de un último adiós antes de morir felizmente en mis brazos.
Pero mentiría. Ella nunca existió.
jueves, 20 de mayo de 2010
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Si te digo que he llorado, ¿me creerías?
ResponderEliminarUn beso compañero.