25 de octubre de 2011
El hecho de estar siempre en tensión me deja hecho polvo. Cuando acaba el día tengo todos los músculos agarrotados y tardo por lo menos quince minutos en relajarme del todo. Al día siguiente te levantas y todo el cuerpo te grita. Duelen cada uno de los músculos del cuerpo. Quizá deba emplear de vez en cuando el tiempo libre que tengo a hacer algo como meditación o relajación, o algo que me ayude.
A parte de todo esto, me estoy dando cuenta de que cada vez hay un ambiente más tenso en cada uno de nosotros. Supongo que es normal dadas las circunstancias, pero eso no hace que me sienta mejor.
Hoy Andrés y Alex han discutido, y Alex se ha pasado un montón cuando le ha dicho literalmente: “soy una carga, coge una bala y métemela en el cerebro. Estoy mejor muerto.” Ya no sabemos que hacer. Esto empieza a desmoronarse.
Tuvimos que sacar a Nuria casi arrastrándola de aquel portal. Era una de las experiencias más horribles que habíamos tenido que presenciar. En una película es muy fácil pensar “no es para tanto, yo no sería como la tía rubia que se queda mirando perpleja y es la siguiente en morir”, pero no es tan sencillo en la realidad. Mi reacción había sido destrozarle el cráneo a un zombi y seguir masacrándole después de muerto. Mateo seguía moviéndose por inercia. Alex agarraba la chaqueta ensangrentada de Drita con fuerza entre las manos. Andrés parecía muy nervioso. Laura estaba terriblemente seria y Nuria lloraba.
-Tenemos que salir de aquí ya –dijo Andrés controlando el tono de su voz-. Antes de que se transforme.
Me acerqué al cadáver y le quité la mochila. Goteaba sangre, pero no tenía ningún desperfecto, así que se la di a Alex y le quité la chaqueta de las manos para que se concentrase en la mochila y en salir de allí con vida.
-Hay que seguir con el plan –dijo Laura de repente-. Esto no puede cambiar las cosas más. Salimos, rompemos ese jodido cristal, hacemos el puente y nos alejamos de aquí cuanto antes.
Mateo asintió con la cabeza y cogió a Nuria de la mano mientras el resto nos acercábamos a la puerta lentamente. Nos asomamos y vimos que solo había un par de zetas en el extremo más alejado a nosotros, en la zona que da a la calle Marqués de la Hermida. Tenía la vaga sensación de que se nos olvidaba algo importante, pero lo ignoré. Nos acercamos agachados al coche y nos pusimos alrededor rezando porque tuviese gasolina. Posé la mochila y envolví la palanca con la chaqueta de Drita para que no sonase tan fuerte cuando me cargase el cristal del maletero. La sensación de que no habíamos caído en algo no se me iba de la cabeza. La sacudí con fuerza intentando apartar esa idea. Nunca había roto un cristal de coche y no sabía como de fuerte había que darle, así que para asegurarme, le di con casi todas mis fuerzas.
En el momento en el que la palanca cubierta por la tela hacía impacto contra el cristal y este se hacía añicos, una pequeña señal eléctrica era enviada hasta un pequeño aparato que se encontraba alojado en el capó y como si esa misma electricidad me hubiese pasado a mi, pegué un bote al oír como la estruendosa alarma del coche comenzaba a sonar.
Todos me miraron con los ojos como platos y con la boca abierta. Andrés fue el primero en reaccionar. Se levantó y me quitó la palanca de las manos al tiempo que me gritaba que me diera prisa en quitar la alarma o moriríamos todos.
Eso si que es motivación.
Sin excesivo cuidado me metí por el cristal roto del maletero y dándome toda la prisa que podía conseguí llegar a los asientos traseros. Al tiempo que me abalanzaba sobre los asientos delanteros trataba de sacar la navaja multiusos de mi bolsillo. ¿Por qué demonios no la había sacado ya? Conseguí sacarla y llegar a la parte de delante de una pieza y les abrí las puertas.
No tenía ni idea de cómo estaba todo fuera, pero no podía entretenerme en comprobarlo. Por lo que sabía, los modelos nuevos de los coches tienen un sistema gracias al cual cuando arrancas el coche, se para la alarma en el caso de que haya saltado. Si teníamos suerte, en breve lo comprobaríamos.
Con el filo de la navaja hice palanca en la tapa de los cables que se encontraba debajo del volante. Saltó suavemente con un sonido de succión y quedaron a la vista más cables de los que yo había visto juntos en mi vida. “Azul, rojo y uno para dar chispa.” Que fácil sonaba cuando te lo imaginas, pero había no menos de veinte cables azules y otros tantos rojos. Busqué unos que fuesen hacia el contacto y los encontré, el azul y el rojo. Rápidamente los corté con la navaja y tiré un poco de ellos. Cogí uno al azar y esperando no cargarme nada importante lo corté también. Los pelé un poco intentando darme prisa pero me sudaban las manos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿No les oía porque estaban muertos o porque la alarma sonaba tan alto que me hacía daño en los oídos?
Con las manos temblorosas retorcí los extremos de los cables azul y rojo y cogí el otro cable que ya estaba pelado. Los junté y el motor hizo un sonido ahogado y todo a mí alrededor sufrió una sacudida. No lo entendía, lo había hecho todo bien, y sin embargo no había funcionado. Lo volví a intentar y sucedió lo mismo. Me quedé paralizado un segundo y mi cerebro funcionaba a mil por hora. Tumbado como estaba sobre los dos asientos delanteros me estaba clavando la palanca de cambios en el estómago, y de repente lo comprendí. Me levanté y me senté en el asiento del conductor, y efectivamente vi que estaba puesta una marcha. La puse en punto muerto y volví a juntar los cables. Con un satisfactorio rugido el motor arrancó y un pitido ahogado sustituyó a la insistente alarma.
Por primera vez miré fuera y vi que estaban peleando contra media docena de zombis a la vez y que por lo menos el doble habían caído ya. Abrí la puerta y por el rabillo del ojo vislumbré algo que brillaba. Cuando localicé el brillo en la guantera, metí la mano y saqué un destornillador.
Oí un chillido.
Laura.
Corrí todo lo que pude para reducir a cero la distancia que me separaba del zombi que se abalanzaba sobre ella y le embestí con el costado oyendo un satisfactorio crujido al partirle el brazo. Cayó al suelo y yo recuperé parcialmente el equilibrio cuando Mateo le aplastó el cráneo con el bate. Me giré para mirar lo que pasaba y en ese momento Andrés hacía rodar la cabeza de uno de los zombis mientras que Alex estaba agachado al lado de Nuria, que permanecía en el suelo apoyada contra un coche mientras se sujetaba el brazo con una mano.
Quedaban dos zombis en pie y se dirigían ambos hacia ellos. Alex había dejado caer la palanca al suelo y estaba a unos metros de ella, pero no parecía haber reparado en que los monstruos iban hacia ellos. Así que Andrés y Mateo fueron corriendo a por ellos mientras yo ayudaba a Laura a levantarse. Andrés acabó con facilidad con el suyo hundiéndole el kukri dos veces consecutivas en la cabeza y Mateo todavía estaba peleando con él cuando Laura ya se había levantado. De improviso el zombi hizo un movimiento extraño y pareció que iba a coger a Mateo, pero se apartó en el último momento y de un golpe seco le aplastó la coronilla y el zombi cayó muerto, esta vez para siempre.
martes, 12 de julio de 2011
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La escena de la alarma del coche ha sido Left 4 Dead 100% XDDD Me ha gustado ^w^ En cuanto tenga un rato me leo los otros capítulos
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