¿Estás ahí?
Quería darte las gracias, seas quien seas.
Supongo que mi vida no ha sido la mejor ni la más fácil, y supongo también que no soy quien para quejarme. Además, ¿de qué iba a servir? No, quejarse no vale para nada. Así que quiero darte las gracias.
¿Por qué? ¿Cómo que por qué? ¿Acaso no es obvio? Pues por haberla puesto en mí camino. Porque podría inventarme eso de que supe que iba a ser ella desde el principio, o que fue un amor a primera vista, pero esta vez quiero ceñirme a la verdad.
En un principio me sorprendió al decirme que pensaba que yo era mayor de lo que en realidad era. Luego al ver que tenía una cámara de fotos buena, lo que me ayudó a entablar una conversación con ella y aunque nunca lo reconoceré, cuando metí la cabeza debajo del agua que caía en esa cascada lo hacía para llamar su atención y ser el blanco de una foto, de un reconocimiento.
Más adelante tuvimos una interesante conversación sobre cámaras malas que hacen fotos malas, o como ella dice “¡Oye! Que mi lomográfica no hace fotos malas. Son fotos artísticas.” Y también hubo un percance con un masaje y una crema con demasiado olor. Ese mismo día la infecté por sorpresa con el “Virus Z”. Tendríais que haber visto su cara. No tenía precio.
Una noche de intentos de cosquillas en mi espalda y un cúmulo de estupidez por mi parte arrancó una noche con ella del reloj. Con lo poco que me cuesta hablar y no se me ocurrió nada mejor que un “¿Te vas a dormir? Ah, bueno, pues nada… Buenas noches.” Para matarme ¿verdad?
Se acercaba la última noche, y fuimos a dar un paseo junto con Raliegos, un gran amigo, y no solo porque mida 1,90… Llovía, y tuvimos un pequeño incidente con Tesla, que hizo que atrajese las bromas de la gente y por consiguiente, que se picara… Fui detrás de ella y durante unos angustiosos segundos supe lo que era querer que a uno se lo trague la tierra.
Salí de allí y pasé casi dos horas desaparecido de todo el mundo menos para el ya nombrado Raliegos, que me acompañó en mi exilio personal, que me ayudó y me hizo reflexionar como nadie lo había hecho hasta ahora. Cuando volví todo estaba exactamente igual que hacía varias horas, y nada había cambiado. Eso me llenó de alivio.
Al final pasamos la noche juntos, y de ahí, hasta los más maravillosos días de mi existencia que aún no han acabado.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Jo, yo como tonta sonriendo en mitad de una biblioteca llena de gente...Y eso que acabo de salir del examen y no podría haber ido peor...
ResponderEliminarLo mejor de toda esta historia es que no está hecha de grandes eventos, sino de pequeños, sencillos y preciosos detalles :).
¡Ñam! Leche condensada...
Me has hecho sonreir...
ResponderEliminar:)