Ojalá que este paréntesis, este oasis de contacto en mitad de este desierto de incomunicación, se alargue y no se estanque. Que me da rabia que esto haya desembocado en algo tan incierto, en un desconocimiento recíproco. El tiempo ha pasado desde aquel verano en el que jugábamos a ser mayores y la lluvia de otro país nos mojaba a todos por igual. En el que las risas nos llevaban en inglés a interminables partidas de cartas. De aprendizaje de mus y de apuestas de póker. De hierba en la ropa y de besos por fuera. De equivocaciones, cómo no, y de bailes de discoteca, que sentaban mucho mejor después de las comidas fuera.
De sábados de excursión y horas en el bus, hasta domingos de amistad de catorce años, con risas durante todo el día. Nuevas amistades que increíblemente y tras ser usadas, abandonadas y usadas de nuevo, siguen iguales, con la misma falta de planes, pero con risas de sobra. Con gente dispar unida por recuerdos, por vivencias, por viejos tiempos en común. Por la brevedad de un verano y la soledad del siguiente.
Porque el tiempo pasa más rápido si estás bien acompañado.
