El paisaje era una gran pradera salpicada de nubes que le añadían más magia aún. Pero aunque no había nada fuera de lugar,
le faltaba algo. Una roca en medio de ella adornaba la vasta inmensidad que
suponía aquel lugar, y un río lo dividía en dos mitades irregulares. No hay
árboles. Solo hierba hasta la mitad de la pierna.
En la ribera del río una ardilla se afana en abrir una nuez
que ha encontrado mientras los salmones nadan río abajo perezosos.
Camina lentamente hasta sentarse al lado del animal que por
fin ha encontrado la forma de comer el fruto seco que se escondía tras la dura
cáscara. Ambos se miran y la ardilla, curiosa se acerca a ella y le trepa por
un brazo, acostumbrado ya a su presencia. Tiene algo con los animales. Ellos no
pueden evitar confiar en ella y ella no puede dejar de quererlos. Se acercan
unos pájaros y un oso se sienta al otro lado del río a mirarles con sus
pequeños ojos negros. La ardilla sube hasta su hombro y se acurruca en el hueco
de su cuello, entre su pelo.
La joven se acerca distraidamente una baya a su boca y la
hace explotar saboreando su frescura.El oso se mete en el arroyo y lo cruza
acercándose más. Los pájaros se sumergen en el agua para refrescarse y salen
para posarse en el lomo del oso que se ha tumbado expectante.
Y comienza.
Comienza a cantar.
