Siento informar que voy a parar de publicar capítulos de mi historia de zombis debido a que como no paso mucho tiempo en casa no tengo tiempo para escribir. Lamento mucho la interrupción para los poquitos que lo leéis.
Un saludo, Habitante de Alfa Centauro.
martes, 19 de julio de 2011
martes, 12 de julio de 2011
Apocalipsis Zombi (Cap. 8)
25 de octubre de 2011
El hecho de estar siempre en tensión me deja hecho polvo. Cuando acaba el día tengo todos los músculos agarrotados y tardo por lo menos quince minutos en relajarme del todo. Al día siguiente te levantas y todo el cuerpo te grita. Duelen cada uno de los músculos del cuerpo. Quizá deba emplear de vez en cuando el tiempo libre que tengo a hacer algo como meditación o relajación, o algo que me ayude.
A parte de todo esto, me estoy dando cuenta de que cada vez hay un ambiente más tenso en cada uno de nosotros. Supongo que es normal dadas las circunstancias, pero eso no hace que me sienta mejor.
Hoy Andrés y Alex han discutido, y Alex se ha pasado un montón cuando le ha dicho literalmente: “soy una carga, coge una bala y métemela en el cerebro. Estoy mejor muerto.” Ya no sabemos que hacer. Esto empieza a desmoronarse.
Tuvimos que sacar a Nuria casi arrastrándola de aquel portal. Era una de las experiencias más horribles que habíamos tenido que presenciar. En una película es muy fácil pensar “no es para tanto, yo no sería como la tía rubia que se queda mirando perpleja y es la siguiente en morir”, pero no es tan sencillo en la realidad. Mi reacción había sido destrozarle el cráneo a un zombi y seguir masacrándole después de muerto. Mateo seguía moviéndose por inercia. Alex agarraba la chaqueta ensangrentada de Drita con fuerza entre las manos. Andrés parecía muy nervioso. Laura estaba terriblemente seria y Nuria lloraba.
-Tenemos que salir de aquí ya –dijo Andrés controlando el tono de su voz-. Antes de que se transforme.
Me acerqué al cadáver y le quité la mochila. Goteaba sangre, pero no tenía ningún desperfecto, así que se la di a Alex y le quité la chaqueta de las manos para que se concentrase en la mochila y en salir de allí con vida.
-Hay que seguir con el plan –dijo Laura de repente-. Esto no puede cambiar las cosas más. Salimos, rompemos ese jodido cristal, hacemos el puente y nos alejamos de aquí cuanto antes.
Mateo asintió con la cabeza y cogió a Nuria de la mano mientras el resto nos acercábamos a la puerta lentamente. Nos asomamos y vimos que solo había un par de zetas en el extremo más alejado a nosotros, en la zona que da a la calle Marqués de la Hermida. Tenía la vaga sensación de que se nos olvidaba algo importante, pero lo ignoré. Nos acercamos agachados al coche y nos pusimos alrededor rezando porque tuviese gasolina. Posé la mochila y envolví la palanca con la chaqueta de Drita para que no sonase tan fuerte cuando me cargase el cristal del maletero. La sensación de que no habíamos caído en algo no se me iba de la cabeza. La sacudí con fuerza intentando apartar esa idea. Nunca había roto un cristal de coche y no sabía como de fuerte había que darle, así que para asegurarme, le di con casi todas mis fuerzas.
En el momento en el que la palanca cubierta por la tela hacía impacto contra el cristal y este se hacía añicos, una pequeña señal eléctrica era enviada hasta un pequeño aparato que se encontraba alojado en el capó y como si esa misma electricidad me hubiese pasado a mi, pegué un bote al oír como la estruendosa alarma del coche comenzaba a sonar.
Todos me miraron con los ojos como platos y con la boca abierta. Andrés fue el primero en reaccionar. Se levantó y me quitó la palanca de las manos al tiempo que me gritaba que me diera prisa en quitar la alarma o moriríamos todos.
Eso si que es motivación.
Sin excesivo cuidado me metí por el cristal roto del maletero y dándome toda la prisa que podía conseguí llegar a los asientos traseros. Al tiempo que me abalanzaba sobre los asientos delanteros trataba de sacar la navaja multiusos de mi bolsillo. ¿Por qué demonios no la había sacado ya? Conseguí sacarla y llegar a la parte de delante de una pieza y les abrí las puertas.
No tenía ni idea de cómo estaba todo fuera, pero no podía entretenerme en comprobarlo. Por lo que sabía, los modelos nuevos de los coches tienen un sistema gracias al cual cuando arrancas el coche, se para la alarma en el caso de que haya saltado. Si teníamos suerte, en breve lo comprobaríamos.
Con el filo de la navaja hice palanca en la tapa de los cables que se encontraba debajo del volante. Saltó suavemente con un sonido de succión y quedaron a la vista más cables de los que yo había visto juntos en mi vida. “Azul, rojo y uno para dar chispa.” Que fácil sonaba cuando te lo imaginas, pero había no menos de veinte cables azules y otros tantos rojos. Busqué unos que fuesen hacia el contacto y los encontré, el azul y el rojo. Rápidamente los corté con la navaja y tiré un poco de ellos. Cogí uno al azar y esperando no cargarme nada importante lo corté también. Los pelé un poco intentando darme prisa pero me sudaban las manos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿No les oía porque estaban muertos o porque la alarma sonaba tan alto que me hacía daño en los oídos?
Con las manos temblorosas retorcí los extremos de los cables azul y rojo y cogí el otro cable que ya estaba pelado. Los junté y el motor hizo un sonido ahogado y todo a mí alrededor sufrió una sacudida. No lo entendía, lo había hecho todo bien, y sin embargo no había funcionado. Lo volví a intentar y sucedió lo mismo. Me quedé paralizado un segundo y mi cerebro funcionaba a mil por hora. Tumbado como estaba sobre los dos asientos delanteros me estaba clavando la palanca de cambios en el estómago, y de repente lo comprendí. Me levanté y me senté en el asiento del conductor, y efectivamente vi que estaba puesta una marcha. La puse en punto muerto y volví a juntar los cables. Con un satisfactorio rugido el motor arrancó y un pitido ahogado sustituyó a la insistente alarma.
Por primera vez miré fuera y vi que estaban peleando contra media docena de zombis a la vez y que por lo menos el doble habían caído ya. Abrí la puerta y por el rabillo del ojo vislumbré algo que brillaba. Cuando localicé el brillo en la guantera, metí la mano y saqué un destornillador.
Oí un chillido.
Laura.
Corrí todo lo que pude para reducir a cero la distancia que me separaba del zombi que se abalanzaba sobre ella y le embestí con el costado oyendo un satisfactorio crujido al partirle el brazo. Cayó al suelo y yo recuperé parcialmente el equilibrio cuando Mateo le aplastó el cráneo con el bate. Me giré para mirar lo que pasaba y en ese momento Andrés hacía rodar la cabeza de uno de los zombis mientras que Alex estaba agachado al lado de Nuria, que permanecía en el suelo apoyada contra un coche mientras se sujetaba el brazo con una mano.
Quedaban dos zombis en pie y se dirigían ambos hacia ellos. Alex había dejado caer la palanca al suelo y estaba a unos metros de ella, pero no parecía haber reparado en que los monstruos iban hacia ellos. Así que Andrés y Mateo fueron corriendo a por ellos mientras yo ayudaba a Laura a levantarse. Andrés acabó con facilidad con el suyo hundiéndole el kukri dos veces consecutivas en la cabeza y Mateo todavía estaba peleando con él cuando Laura ya se había levantado. De improviso el zombi hizo un movimiento extraño y pareció que iba a coger a Mateo, pero se apartó en el último momento y de un golpe seco le aplastó la coronilla y el zombi cayó muerto, esta vez para siempre.
El hecho de estar siempre en tensión me deja hecho polvo. Cuando acaba el día tengo todos los músculos agarrotados y tardo por lo menos quince minutos en relajarme del todo. Al día siguiente te levantas y todo el cuerpo te grita. Duelen cada uno de los músculos del cuerpo. Quizá deba emplear de vez en cuando el tiempo libre que tengo a hacer algo como meditación o relajación, o algo que me ayude.
A parte de todo esto, me estoy dando cuenta de que cada vez hay un ambiente más tenso en cada uno de nosotros. Supongo que es normal dadas las circunstancias, pero eso no hace que me sienta mejor.
Hoy Andrés y Alex han discutido, y Alex se ha pasado un montón cuando le ha dicho literalmente: “soy una carga, coge una bala y métemela en el cerebro. Estoy mejor muerto.” Ya no sabemos que hacer. Esto empieza a desmoronarse.
Tuvimos que sacar a Nuria casi arrastrándola de aquel portal. Era una de las experiencias más horribles que habíamos tenido que presenciar. En una película es muy fácil pensar “no es para tanto, yo no sería como la tía rubia que se queda mirando perpleja y es la siguiente en morir”, pero no es tan sencillo en la realidad. Mi reacción había sido destrozarle el cráneo a un zombi y seguir masacrándole después de muerto. Mateo seguía moviéndose por inercia. Alex agarraba la chaqueta ensangrentada de Drita con fuerza entre las manos. Andrés parecía muy nervioso. Laura estaba terriblemente seria y Nuria lloraba.
-Tenemos que salir de aquí ya –dijo Andrés controlando el tono de su voz-. Antes de que se transforme.
Me acerqué al cadáver y le quité la mochila. Goteaba sangre, pero no tenía ningún desperfecto, así que se la di a Alex y le quité la chaqueta de las manos para que se concentrase en la mochila y en salir de allí con vida.
-Hay que seguir con el plan –dijo Laura de repente-. Esto no puede cambiar las cosas más. Salimos, rompemos ese jodido cristal, hacemos el puente y nos alejamos de aquí cuanto antes.
Mateo asintió con la cabeza y cogió a Nuria de la mano mientras el resto nos acercábamos a la puerta lentamente. Nos asomamos y vimos que solo había un par de zetas en el extremo más alejado a nosotros, en la zona que da a la calle Marqués de la Hermida. Tenía la vaga sensación de que se nos olvidaba algo importante, pero lo ignoré. Nos acercamos agachados al coche y nos pusimos alrededor rezando porque tuviese gasolina. Posé la mochila y envolví la palanca con la chaqueta de Drita para que no sonase tan fuerte cuando me cargase el cristal del maletero. La sensación de que no habíamos caído en algo no se me iba de la cabeza. La sacudí con fuerza intentando apartar esa idea. Nunca había roto un cristal de coche y no sabía como de fuerte había que darle, así que para asegurarme, le di con casi todas mis fuerzas.
En el momento en el que la palanca cubierta por la tela hacía impacto contra el cristal y este se hacía añicos, una pequeña señal eléctrica era enviada hasta un pequeño aparato que se encontraba alojado en el capó y como si esa misma electricidad me hubiese pasado a mi, pegué un bote al oír como la estruendosa alarma del coche comenzaba a sonar.
Todos me miraron con los ojos como platos y con la boca abierta. Andrés fue el primero en reaccionar. Se levantó y me quitó la palanca de las manos al tiempo que me gritaba que me diera prisa en quitar la alarma o moriríamos todos.
Eso si que es motivación.
Sin excesivo cuidado me metí por el cristal roto del maletero y dándome toda la prisa que podía conseguí llegar a los asientos traseros. Al tiempo que me abalanzaba sobre los asientos delanteros trataba de sacar la navaja multiusos de mi bolsillo. ¿Por qué demonios no la había sacado ya? Conseguí sacarla y llegar a la parte de delante de una pieza y les abrí las puertas.
No tenía ni idea de cómo estaba todo fuera, pero no podía entretenerme en comprobarlo. Por lo que sabía, los modelos nuevos de los coches tienen un sistema gracias al cual cuando arrancas el coche, se para la alarma en el caso de que haya saltado. Si teníamos suerte, en breve lo comprobaríamos.
Con el filo de la navaja hice palanca en la tapa de los cables que se encontraba debajo del volante. Saltó suavemente con un sonido de succión y quedaron a la vista más cables de los que yo había visto juntos en mi vida. “Azul, rojo y uno para dar chispa.” Que fácil sonaba cuando te lo imaginas, pero había no menos de veinte cables azules y otros tantos rojos. Busqué unos que fuesen hacia el contacto y los encontré, el azul y el rojo. Rápidamente los corté con la navaja y tiré un poco de ellos. Cogí uno al azar y esperando no cargarme nada importante lo corté también. Los pelé un poco intentando darme prisa pero me sudaban las manos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿No les oía porque estaban muertos o porque la alarma sonaba tan alto que me hacía daño en los oídos?
Con las manos temblorosas retorcí los extremos de los cables azul y rojo y cogí el otro cable que ya estaba pelado. Los junté y el motor hizo un sonido ahogado y todo a mí alrededor sufrió una sacudida. No lo entendía, lo había hecho todo bien, y sin embargo no había funcionado. Lo volví a intentar y sucedió lo mismo. Me quedé paralizado un segundo y mi cerebro funcionaba a mil por hora. Tumbado como estaba sobre los dos asientos delanteros me estaba clavando la palanca de cambios en el estómago, y de repente lo comprendí. Me levanté y me senté en el asiento del conductor, y efectivamente vi que estaba puesta una marcha. La puse en punto muerto y volví a juntar los cables. Con un satisfactorio rugido el motor arrancó y un pitido ahogado sustituyó a la insistente alarma.
Por primera vez miré fuera y vi que estaban peleando contra media docena de zombis a la vez y que por lo menos el doble habían caído ya. Abrí la puerta y por el rabillo del ojo vislumbré algo que brillaba. Cuando localicé el brillo en la guantera, metí la mano y saqué un destornillador.
Oí un chillido.
Laura.
Corrí todo lo que pude para reducir a cero la distancia que me separaba del zombi que se abalanzaba sobre ella y le embestí con el costado oyendo un satisfactorio crujido al partirle el brazo. Cayó al suelo y yo recuperé parcialmente el equilibrio cuando Mateo le aplastó el cráneo con el bate. Me giré para mirar lo que pasaba y en ese momento Andrés hacía rodar la cabeza de uno de los zombis mientras que Alex estaba agachado al lado de Nuria, que permanecía en el suelo apoyada contra un coche mientras se sujetaba el brazo con una mano.
Quedaban dos zombis en pie y se dirigían ambos hacia ellos. Alex había dejado caer la palanca al suelo y estaba a unos metros de ella, pero no parecía haber reparado en que los monstruos iban hacia ellos. Así que Andrés y Mateo fueron corriendo a por ellos mientras yo ayudaba a Laura a levantarse. Andrés acabó con facilidad con el suyo hundiéndole el kukri dos veces consecutivas en la cabeza y Mateo todavía estaba peleando con él cuando Laura ya se había levantado. De improviso el zombi hizo un movimiento extraño y pareció que iba a coger a Mateo, pero se apartó en el último momento y de un golpe seco le aplastó la coronilla y el zombi cayó muerto, esta vez para siempre.
martes, 5 de julio de 2011
Why?
El manto de la lluvia parece cubrir mi cara con una venda para tapar la verdad. Trato de quitármela, y cada vez que estoy a punto de conseguirlo se me enredan los dedos. La respuesta se escapa entre mis manos haciéndome burla y riéndose de mis vanos intentos por alcanzarla mientras choco a ciegas contra las paredes. El quizá yace a un lado y al otro se encuentra un tal vez. Ambos me intentan guiar, pero yo, que soy desconfiado por naturaleza me aparto asustado.
Parece que todo el mundo se ha ido de vacaciones.
lunes, 4 de julio de 2011
Apocalipsis Zombi (Cap. 7)
23 de octubre de 2011
Hoy he pasado un día tranquilo dando un paseo con L. Últimamente todo está más tranquilo pese a que Alex está llegando a su límite. No sé lo que supondría la muerte de uno de nosotros para el grupo, y sé que no soy el más fuerte ni nada por el estilo, pero creo que quizá, y más viendo lo que está sufriendo, deberíamos… No, no sé ni como se me ha podido pasar por la cabeza… Son mi familia ahora y tengo que protegerlos siempre.
Me siento muy unido a todos.
Los nervios me comían por dentro mientras que nos preparábamos para salir de ahí. Un rato antes habíamos estado hablando de los riesgos que quizá correríamos. Habíamos llegado a la conclusión de que probablemente habría zombis dentro del edificio, pero esperamos que no sean muchos. El plan a seguir es el siguiente:
-Preparar todo lo que tengamos que llevarnos como comida y agua pero sin restarnos movilidad, ni lastrarnos demasiado.
-Las tres armas que tenemos las llevaran Andrés, Alex y Mateo.
-Yo tengo que estar preparado para hacer el puente al coche que hemos elegido, un monovolumen que parece bastante seguro y que está al otro lado de la calle.
-Romperemos la luna del maletero y entraré yo primero por ahí. Abriré las puertas y el resto entrará y cerraremos de nuevo.
-Hago el puente y Andrés nos saca de ahí.
Parece que no es tan difícil siempre y cuando no haya demasiadas complicaciones. Si no hay demasiados zombis estoy seguro de que podremos con ello. Solo espero que no les cueste cargárselos.
-¿Habéis terminado por ahí? –Pregunta Andrés-.
De repente me doy cuenta de que llevo un buen rato mirando una pequeña botella de agua mientras pienso en mis cosas y que apenas he metido la mitad de lo que tenía que guardar.
-Ehh, sí, ya casí está –contesto mientras me apresuro a meterlo todo lo más ordenadamente posible-.
Miro a Laura, que le cae todo el pelo en cascada por la cara. A Alex, que está hablando con Mateo de cómo imprimirle más fuerza a los golpes. A Andrés que está repasando por última vez las cosas de su mochila. A Nuria y a Drita que al final han decidido que les da más miedo tener que quedarse solas que venir con nosotros y me miro las manos que han comenzado a temblarme.
Al parecer nunca había pensado que todo podría depender de mí. Aunque realmente no era así. Dependíamos todos de todos. Si un engranaje falla, estamos jodidos.
-Tranquilízate, seguro que va a ser más fácil y más tranquilo que tener que enseñar a Nilo a que salte entre las cuerdas del parque –dice Laura mientras me pone la mano sobre el antebrazo-.
-Eso seguro –le contesto sonriendo-.
Finalmente no podemos aplazar más lo inevitable y con sumo cuidado y procurando hacer el menor ruido posible desbloqueamos la puerta del todo y paramos para descansar unos segundos.
-Ahora, cuando salgamos, probablemente esté el zombi de la señora. Si está muy cerca de la puerta me lo cargo con el kukri. Pero si está un poco más lejos vamos a tener que intentar huir de él, no creo que esté en muy buenas condiciones.
Andrés abre la puerta en silencio después de cubrirse la cara con un grueso pasamontañas, precaución que también toman Alex y Mateo.
El espectáculo es macabro, hay bastante sangre en el suelo, cerca de la entrada a la casa. El rastro asciende hasta el siguiente descansillo de las escaleras que ascienden. Todos lo seguimos con la mirada hasta que con un sobresalto vemos al zombi de la chica arrastrándose hasta el siguiente piso. Gira la cabeza al vernos y gime.
-¡No os detengáis y no hagáis ruido! –Nos susurra apremiante Andrés-.
Todos seguimos avanzando mientras bajamos las escaleras. Mateo y Alex van delante, y Andrés cierra la marcha. Mientras descendemos lentamente tratando de hacer el menor ruido posible el corazón me late fuertemente bombeando adrenalina. Noto la presión de los latidos en los oídos. “Bum-bum, bum- bum, bum- bum, bum- bum,”.
Nos estábamos acercando al último piso cuando nos percatamos del sonido. El más jodidamente horrible tipo de sonido que con el tiempo llegaríamos a detestar con todas nuestras fuerzas. Nos asomamos despacio a la planta baja y vimos que había cinco de esas bestias andando sin rumbo por ahí.
Andrés nos indicó por señas que volviéramos atrás y lentamente ascendimos de nuevo.
-¿Qué vamos a hacer? –Pregunta Laura con un deje de pánico en la voz-.
-Tenemos que seguir –dice Andrés-, no podemos dar la vuelta ahora.
-Yo estoy con Andrés, van a seguir estando aquí aunque nos demos la vuelta ahora –añado yo-. Pero creo que debería llevar yo un arma en vez de Alex o Mateo, simplemente porque tengo más fuerza.
A pesar de que ha sonado a que quiero hacerme el héroe todos saben que tengo razón y que no hay razón para arriesgarse. Alex me da la palanca metálica y todos volvemos a reemprender el descenso.
Al llegar abajo nos damos cuenta de que tenemos una breve ventaja de la sorpresa que sin duda aprovecharemos, ya que los zombis están en la parte de abajo, pegados a la puerta de cristal mirando hacia la calle.
Andrés se desliza más que camina con un sigilo que soy incapaz de imitar “bum- bum, bum- bum, bum- bum.” Mi corazón late aún más fuerte y con un grito Andrés descarga el kukri dos veces sobre el cráneo del primer zombi que se rompe con un audible y terrorífico “crack”. Durante un segundo me quedo petrificado, incapaz de moverme o reaccionar. Mis oidos parecen taponados con el sonido de los latidos de mi corazón y no oigo nada más. Los otros zombis se han girado y uno de ellos me ha mirado directamente a los ojos. Tiene medio cuello arrancado y le falta un brazo. Ese mismo brazo trata de agarrarme por el cuello pero se encuentra con un bate de madera que le hunde la nariz y le hace tambalearse hacia atrás.
-¡¡¡Reacciona joder!!! –Me grita Mateo-.
De repente despierto y de nuevo vuelvo a oír. Y lo primero que oigo no es nada halagüeño. Un grito de chica a mis espaldas. Me giro y veo que un zombi estaba en la zona del ascensor donde no le habíamos visto y con el ruido de la pelea no le habían visto. Ahora tenía a Drita y la había agarrado por detrás. Subí las escaleras de tres en tres y le di con la palanca en la cabeza gritando como un poseso y con todas mis fuerzas hasta que se la reventé. Incluso después de eso seguí dándole varias veces incapaz de parar, pues había visto algo que el resto no, y es que había llegado tarde.
Drita se agarraba el cuello con ambas manos y trataba de taponar una herida por la que se escapaba la sangre a presión. Nuria se dio cuenta y se quedó atónita y Laura corrió para pararme y cuando por fin paré, siguió la dirección de mi mirada y vio ella también a Drita en el suelo sentada.
Para no pensar me di la vuelta y fui a ayudar a Andrés y Mateo que habían acabado sin problemas con todos menos con uno de los zombis. Con todas nuestras fuerzas le destrozamos hasta que quedó convertido en una masa de carne deformada. Todos sabíamos ya lo que había pasado y sabíamos también que no había solución. La habíamos perdido.
Hoy he pasado un día tranquilo dando un paseo con L. Últimamente todo está más tranquilo pese a que Alex está llegando a su límite. No sé lo que supondría la muerte de uno de nosotros para el grupo, y sé que no soy el más fuerte ni nada por el estilo, pero creo que quizá, y más viendo lo que está sufriendo, deberíamos… No, no sé ni como se me ha podido pasar por la cabeza… Son mi familia ahora y tengo que protegerlos siempre.
Me siento muy unido a todos.
Los nervios me comían por dentro mientras que nos preparábamos para salir de ahí. Un rato antes habíamos estado hablando de los riesgos que quizá correríamos. Habíamos llegado a la conclusión de que probablemente habría zombis dentro del edificio, pero esperamos que no sean muchos. El plan a seguir es el siguiente:
-Preparar todo lo que tengamos que llevarnos como comida y agua pero sin restarnos movilidad, ni lastrarnos demasiado.
-Las tres armas que tenemos las llevaran Andrés, Alex y Mateo.
-Yo tengo que estar preparado para hacer el puente al coche que hemos elegido, un monovolumen que parece bastante seguro y que está al otro lado de la calle.
-Romperemos la luna del maletero y entraré yo primero por ahí. Abriré las puertas y el resto entrará y cerraremos de nuevo.
-Hago el puente y Andrés nos saca de ahí.
Parece que no es tan difícil siempre y cuando no haya demasiadas complicaciones. Si no hay demasiados zombis estoy seguro de que podremos con ello. Solo espero que no les cueste cargárselos.
-¿Habéis terminado por ahí? –Pregunta Andrés-.
De repente me doy cuenta de que llevo un buen rato mirando una pequeña botella de agua mientras pienso en mis cosas y que apenas he metido la mitad de lo que tenía que guardar.
-Ehh, sí, ya casí está –contesto mientras me apresuro a meterlo todo lo más ordenadamente posible-.
Miro a Laura, que le cae todo el pelo en cascada por la cara. A Alex, que está hablando con Mateo de cómo imprimirle más fuerza a los golpes. A Andrés que está repasando por última vez las cosas de su mochila. A Nuria y a Drita que al final han decidido que les da más miedo tener que quedarse solas que venir con nosotros y me miro las manos que han comenzado a temblarme.
Al parecer nunca había pensado que todo podría depender de mí. Aunque realmente no era así. Dependíamos todos de todos. Si un engranaje falla, estamos jodidos.
-Tranquilízate, seguro que va a ser más fácil y más tranquilo que tener que enseñar a Nilo a que salte entre las cuerdas del parque –dice Laura mientras me pone la mano sobre el antebrazo-.
-Eso seguro –le contesto sonriendo-.
Finalmente no podemos aplazar más lo inevitable y con sumo cuidado y procurando hacer el menor ruido posible desbloqueamos la puerta del todo y paramos para descansar unos segundos.
-Ahora, cuando salgamos, probablemente esté el zombi de la señora. Si está muy cerca de la puerta me lo cargo con el kukri. Pero si está un poco más lejos vamos a tener que intentar huir de él, no creo que esté en muy buenas condiciones.
Andrés abre la puerta en silencio después de cubrirse la cara con un grueso pasamontañas, precaución que también toman Alex y Mateo.
El espectáculo es macabro, hay bastante sangre en el suelo, cerca de la entrada a la casa. El rastro asciende hasta el siguiente descansillo de las escaleras que ascienden. Todos lo seguimos con la mirada hasta que con un sobresalto vemos al zombi de la chica arrastrándose hasta el siguiente piso. Gira la cabeza al vernos y gime.
-¡No os detengáis y no hagáis ruido! –Nos susurra apremiante Andrés-.
Todos seguimos avanzando mientras bajamos las escaleras. Mateo y Alex van delante, y Andrés cierra la marcha. Mientras descendemos lentamente tratando de hacer el menor ruido posible el corazón me late fuertemente bombeando adrenalina. Noto la presión de los latidos en los oídos. “Bum-bum, bum- bum, bum- bum, bum- bum,”.
Nos estábamos acercando al último piso cuando nos percatamos del sonido. El más jodidamente horrible tipo de sonido que con el tiempo llegaríamos a detestar con todas nuestras fuerzas. Nos asomamos despacio a la planta baja y vimos que había cinco de esas bestias andando sin rumbo por ahí.
Andrés nos indicó por señas que volviéramos atrás y lentamente ascendimos de nuevo.
-¿Qué vamos a hacer? –Pregunta Laura con un deje de pánico en la voz-.
-Tenemos que seguir –dice Andrés-, no podemos dar la vuelta ahora.
-Yo estoy con Andrés, van a seguir estando aquí aunque nos demos la vuelta ahora –añado yo-. Pero creo que debería llevar yo un arma en vez de Alex o Mateo, simplemente porque tengo más fuerza.
A pesar de que ha sonado a que quiero hacerme el héroe todos saben que tengo razón y que no hay razón para arriesgarse. Alex me da la palanca metálica y todos volvemos a reemprender el descenso.
Al llegar abajo nos damos cuenta de que tenemos una breve ventaja de la sorpresa que sin duda aprovecharemos, ya que los zombis están en la parte de abajo, pegados a la puerta de cristal mirando hacia la calle.
Andrés se desliza más que camina con un sigilo que soy incapaz de imitar “bum- bum, bum- bum, bum- bum.” Mi corazón late aún más fuerte y con un grito Andrés descarga el kukri dos veces sobre el cráneo del primer zombi que se rompe con un audible y terrorífico “crack”. Durante un segundo me quedo petrificado, incapaz de moverme o reaccionar. Mis oidos parecen taponados con el sonido de los latidos de mi corazón y no oigo nada más. Los otros zombis se han girado y uno de ellos me ha mirado directamente a los ojos. Tiene medio cuello arrancado y le falta un brazo. Ese mismo brazo trata de agarrarme por el cuello pero se encuentra con un bate de madera que le hunde la nariz y le hace tambalearse hacia atrás.
-¡¡¡Reacciona joder!!! –Me grita Mateo-.
De repente despierto y de nuevo vuelvo a oír. Y lo primero que oigo no es nada halagüeño. Un grito de chica a mis espaldas. Me giro y veo que un zombi estaba en la zona del ascensor donde no le habíamos visto y con el ruido de la pelea no le habían visto. Ahora tenía a Drita y la había agarrado por detrás. Subí las escaleras de tres en tres y le di con la palanca en la cabeza gritando como un poseso y con todas mis fuerzas hasta que se la reventé. Incluso después de eso seguí dándole varias veces incapaz de parar, pues había visto algo que el resto no, y es que había llegado tarde.
Drita se agarraba el cuello con ambas manos y trataba de taponar una herida por la que se escapaba la sangre a presión. Nuria se dio cuenta y se quedó atónita y Laura corrió para pararme y cuando por fin paré, siguió la dirección de mi mirada y vio ella también a Drita en el suelo sentada.
Para no pensar me di la vuelta y fui a ayudar a Andrés y Mateo que habían acabado sin problemas con todos menos con uno de los zombis. Con todas nuestras fuerzas le destrozamos hasta que quedó convertido en una masa de carne deformada. Todos sabíamos ya lo que había pasado y sabíamos también que no había solución. La habíamos perdido.
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