¿Qué podría dibujar este poeta?
Palabras encadenadas sobre un futuro incierto, con nubes negras como copiloto, pero con un sol en el bolsillo, el chico camina hacia... donde los ojos no ven y el corazón no grita falto de esperanza. Ay, cuantos pasos dará hasta encontrarse con la razón. Se guía por el viento que arrecia contra su alma, alma sin destino, que busca a alguien con quien compartir sus pecados. Que ansía la soledad de dos cuerpos tendidos sobre la cama, la de la piel en contacto con el fuego, y la del fuego sobre el cielo. Que desea morir porque siente su cuerpo como flor en el desierto. Camina, camina... Tararea una canción que no termina, alzando las manos en pro de encontrar una nueva brisa entre sus dedos. ¿Quién le espera al otro lado del horizonte? La sal del mar le niega el derecho a saciar su sed, y con los labios agrietados por el amor usado, encuentra una sombra alargada por la luz de un sol que se niega a permanecer a su lado. El viento cambia y el olor a salitre desaparece sustituido por su olor. El Olor. Siente como si el corazón se oxigenara. Poco a poco, se va embriagando de aquel aroma que recorre cada esquina de su cuerpo. Como atado a las manos de Morfeo, arrastra su mente por aquel edén de fantasía que le concede el viento. Ella, ese fuego y esa pasión adobadas en una urna de cristal. Suavidad en danza, el amor ante los ojos de cualquiera. Y él, ingenuo, estira la mano para atrapar la suya, pero sólo aferra su reflejo como si de la Luna se tratase, en un charco formado por sus propias lágrimas. Lágrimas amargas que resbalan por el abismo del terror que le produce su ausencia. La ausencia de alguien que nunca le ha pertenecido, puesto que no hay alma que pueda atarse a las cadenas de otra. Pobre ingenuo, pobre romántico, pobre eterno soñador. Ninguna mujer... ninguna, tiene dueño.
Algo se apaga en él. Se sienta en el suelo poblado de espejismos. Le habla a sus recuerdos perdiendo la noción de dónde habita la cordura y dónde abrazar la locura de unos besos que se le negaron. Quizá no pensó lo suficiente, o quizá pensó demasiado. Suspira, intenta calmar los gritos de su interior. ¿Quiere acaso seguir su camino hasta caer en la línea del horizonte? Los atisbos de esperanza que le quedaban se difuminan poco a poco mientras el sol se esconde. "No", se dice a si mismo, "Una lagrima no cura la sed de un rostro seco". Busca entre sus bolsillos, y encuentra lo único que necesita, una bola brillante que palpita en sus manos como con vida propia. La esencia de las almas de antaño resuenan en su interior. Con un movimiento resuelto la posa en la palma de su mano y mira al cielo. La apoya en su pecho y deja que su esencia se expanda, convirtiendo sus ideales en alas que le elevan muy alto.
Y desde allí, desde el altar de los dioses, donde los astros se pelean por tener una silla donde contemplar el mundo, escribe la siguiente carta: "Carta a la libertad. El papel con líneas de agua. Ningún donde, cualquier fecha... Así comienza la carta de un loco, un soñador, y un poeta:"
Texto escrito entre dos entes pensantes. Uno soy yo, y otro es un gran amigo.
